‘The Tortured Poets Department’, más vulnerable, más irónico y demasiado largo
- Antonio Porras
- 28 may 2024
- 3 min de lectura

Si algo ha dejado claro Taylor Swift en los últimos años de su carrera es su completo afán por el maximalismo, por esa magnitud desbordante que parecen supurar todos sus proyectos recientes y que ha logrado convertirla en la superestrella pop del momento a sus casi 20 años de carrera. Lo muestra en su gira mundial, con conciertos de más de 3 horas (con película incluída) o en su periplo por regrabar todos los álbumes de su carrera. No se queda atrás su último trabajo; The Tortured Poets Department sorprende con 31 canciones nuevas, 16 más de las que se habían anunciado en un principio.
Nada más y nada menos de 122 minutos en los que Swift sigue la estela de confesiones que siempre han sido sus discos, una serie de relatos autobiográficos narrados (o, más bien camuflados, pues ya forma parte del lore de Swift el tratar de descifrar a que parte de su vida corresponde cada una de sus canciones) a través de la prosa, las metáforas y una dolorosa introspección que parece ser su piedra angular al éxito, pues le otorga un grado de cercanía con el público que otros artistas consagrados fracasan en conseguir.
En The Tortured Poets Department la cantante se muestra más madura que nunca, reflexionando sobre el proceso de duelo, la depresión, problemas con la bebida o la presión de los fans en un momento de vulnerabilidad como su ruptura con Joe Alwyn, actor con el que llevaba saliendo más de 6 años y a quien había dedicado sus últimos discos, más románticos que nunca. Como resultado, el álbum contiene algunas de las letras más exquisitas y desgarradoras de toda su carrera (‘So long, London’, ‘How Did it End?’ o ’The Black Dog’), que se complementan con algunos chascarrillos mordaces en los que Swift parece ironizar acerca de la figura del “poeta torturado” y que funcionan con la misma frecuencia con la que no lo hacen (el mayor ejemplo de ello es la canción que pone nombre al álbum). Desgraciadamente, todos estos matices parecen difuminarse ante el principal problema del disco: una producción descafeinada, repetitiva e incapaz de exprimir todo el potencial artístico de la estadounidense.
Para este nuevo trabajo, Swift ha vuelto a contar con uno de sus sospechosos habituales: su querido Jack Antonoff, principal productor de sus últimos trabajos. Y The Tortured Poets Department reclama ese puesto como hijo legítimo del productor, plagado de producciones sencillas que reposan gran parte de su peso en los sintetizadores, con esos tintes electrónicos tan reconocibles de Antonoff y que funcionaron tan bien con Midnights, el anterior álbum de Swift, pero que ahora se quedan cortos.
Con The Tortured Poets Department se hace evidente los casi 7 discos que Swift y Antonoff llevan a sus espaldas trabajando juntos y nos plantea la posible caducidad de una sincronía mágica que hasta ahora les había funcionado a la perfección. Después de 10 años (desde ‘Out of the Woods’, su primera canción en 2014), Swift y Antonoff conocen a la perfección las manías, gustos y dejes el uno del otro pero esto, en vez de ayudarles, parece haberles encarcelado en una peligrosa zona de comfort, en una fórmula de frases a medio susurrar con una percusión in crescendo que nunca estalla y que ahora se siente repetitiva y agotada, especialmente visible en un álbum tan extenso como este.
A pesar de ello, Antonoff logra dejarnos auténticas joyas. Como “Florida!!!”, un descenso al infierno en la que su perfecto juego de percusión eleva las etéreas voces de Swift y Florence + The Machine, convirtiéndola en uno de los puntos álgidos del álbum. Sin embargo, es cuando Aaron Dessner - el principal productor de la segunda parte de esta antología de 31 canciones- toma la batuta que The Tortured Poets Department permite a Swift brillar por completo. Una segunda parte marcada por canciones como “The Manuscript” o la divertida “I can do it with a broken heart”, con una producción mucho más naif, más melódica que nos muestra su lado más personal y crudo, alejándola de la imposición “alternativa” en la que parece querer encerrarse cuando trabaja con Antonoff.
En definitiva, The Tortured Poets Department es un álbum con sus luces y sombras. Swift presenta su trabajo más maduro hasta la fecha, combinando esa vulnerabilidad que la representa con un sentido del humor que nunca se había atrevido a dar rienda suelta por completo, pero peca en querer abarcar demasiado con un álbum que se debate entre lo real (la segunda parte, más cruda, más natural) y lo impuesto (la primera, más pautada y pretenciosa) pero termina no comprometiéndose con ninguno, resultando en un disco demasiado largo; con un batiburrillo de canciones al que haría falta hacer un buen recorte que permitiera al ingenio creativo y el punzante dialecto de Swift fluir en todo su esplendor, sin toda esa bruma de relleno que termina disipándola.



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